De ahí que cuando uno comparte que la combinación de palabras pink y horchata es la unión más cautivante, respondan que la horchata ni rosa debería ser.
II
Quizá no sea cuestión de profesiones sino de asombro. Hay ideas que nos pasman, que nos maravillan por razones desconocidas (¿tendría uno que saber por qué?). Hay ideas, ideas novedosas, ideas viejas, ideas repensadas que nos flechan nada más porque uno se siente bien al pensarlas, o mejor, porque uno siente que está pensando mientras las piensa. Al final de cuentas, lo más seguro es que no sea propio únicamente de las ingenierías —o de la ciencia en general— la imposibilidad de que el número seis esté embarazado ¬—‘No, cómo crees, si los números no se embarazan’, espetan—, sino de la escasez de imaginación que nos habita —y me incluyo, porque para mí como para ellos (si es que podemos hablar de un ellos y un nosotros) resulta igual de problemático que uno les pregunté que qué con eso de la estructura química de los triglicéridos o que eso qué con los ángulos de interjección radial. Por lo menos me consta que la incomodidad no va sólo de un lado, y que si sigo sin encontrar la genialidad en los cultivos hidropónicos autosustentables y en los números primos, seguramente también pueda concluirse que desde el ensayo literario esté sucediendo algo, algo serio que impide el asombro. Pero el problema con las ideas que nos capturan es que tenemos poco que decir al respecto. A veces nada. La mayoría del tiempo la pasamos rumiándolas, viendo qué hacer con ellas, en dónde caben, para quién son, asomándonos a la libreta una y otra vez con la firme convicción de acertar un nuevo plan para ellas. Ello difícilmente sucede: parece que algunas ideas están destinadas a ser el fracaso de incansables meditaciones —no todas (o eso me gustas pensar), espero que algunas transgredan la libreta notas, que crezcan, se desarrollen y terminen, por ejemplo, en una afamada tira cómica de nombre Sherwood, la marmota de Shakespeare, el niño mutante—. O si no al fracaso sí a la primera ocurrencia que les fue impuesta, ésta, la de un ensayo. Hace ya cuatro años que un ensayo que verse sobre las dificultades de poseer un título sustancioso sin tener nada que decir al respecto viene abrumándome. Después de interminables reflexiones —interminables por tediosas y repetitivas más que por otra cosa—, y antes de que el asunto se convirtiera en una triste obstinación, resolví lo siguiente: que más allá de escoger el título para un ensayo, debía darme a la tarea de colocar el título en un lugar donde no habría que dar cuenta de él, un territorio donde fuera tolerable inscribirlo sin la obligación de desplegar un ensayo en particular, un espacio donde la alusión pudiera ser o no directa: el título de un libro. De manera que, si fuera poeta, sin duda escogería que alguno de mis poemarios llevara por título Canciones de góndola, y, sin duda también, alguno de mis poemas comenzaría así: Pincel de trazo inamovible…; y, también, por qué no, terminaría así: … como pez arbóreo maniatado; y si fuera cuentista, el libro que compilara algunos de mis cuentos, de apariencia infantil pero dirigido a los adultos, llevaría por título No hay edad para los peluches, teniendo como personajes principales a los hermanos Alfiler y Alfeñique; y, para cuando la muerte aceche y la edad apunte a que un libro autobiográfico es el siguiente paso, publicaría Las memorias pueden esperar; o mejor todavía: La gata nada más anda viendo dónde treparse y otros ensayos de cultura cotidiana, o, ¿A ver, y en dónde empieza este sándwich? y otros ensayos de cultura popular.
Lo cierto es que el asombro sucede de forma inesperada, demandándonos hacer algo con él. De ahí que cuando Jorge Luis Borges se pregunta ‘¿Cuando muera yo, qué morirá conmigo?’, o cuando Fabio Morábito reclama que en las distintas estaciones de radio no hay una que reproduzca exclusivamente el sonido de los columpios en su programación, o cuando Luis Ignacio Helguera afirma que envejecemos más que nunca los domingos, uno se quede ahí, absorto, sin saber qué hacer con él exactamente, salvo una cosa, ésta, la que yo puedo ofrecer: coleccionarlo.
III
Lo que verdaderamente pienso sobre el ‘Chicharito’ Hernández es un ensayo que todavía no he hecho, pero haré. Básicamente argumentaré que el talento futbolístico de un jugador es determinado por la extravagancia de su sobrenombre. El ‘Chicharito’ Hernández es el apodo que México estaba esperando.
IV
Cabe preguntarnos por qué subrayamos un libro o por qué conservamos un cuaderno de notas. Dándole vueltas a la pregunta, quiero suponer que archivamos pensamientos de otros nomás porque ellos lo dicen mejor que uno. O peor: lo dicen como a uno siempre le hubiera gustado decirlo. No atino conclusión distinta. Sin embargo me resulta preocupante que regrese a ellas con una frecuencia mínima. No amparo un proyecto preconcebido para las frases que guardo; tan sólo creo que en algún momento servirán para iluminarme. Creo que me servirán, como uno que cree le servirá todo aquello que rehúsa deshacerse. Conforme los días transcurren la libreta crece en hojas, aunque, de hecho, ni libreta sea, es una carpeta, de esas grandes y blancas de oficina; la compré así bajo la suposición de leer lo suficiente como para llenarla. Lo cierto es que su estado es por demás flaco. Raquítico diría yo. Sus primeros apuntes contienen una novela de Oscar Wilde, escritor que almaceno con exagerada recurrencia. Le siguen los extractos de una novela de Robert Walser que nunca terminé (Los Hermanos Tanner); no recuerdo por qué abandoné esa lectura; releyendo a Walser —bueno, las frases que copié aquella vez—, sigo sin explicármelo. Mis notas llegan hasta la página ochenta y dos de la novela; es en realidad excelente material intelectual, como esto: ‘Cuidaba de sus uñas más que de su inteligencia, que sencillamente tenía abandonada’, a la cual agrego dos signos de admiración a su lado, como resaltado la jerarquía de la oración. Me es imposible recordar por qué hice eso. Al resto de las hojas le siguen algunos esbozos míos de de Fitzgerald alrededor de El Gran Gatsby; otras tantas frases de los dos libros que he leído de Enrique Serna; unas cinco o seis de Jorge Ibargüengoitia y otras tantas de Vicente Quirarte, y así.
(Acabo de recordar que conservo por ahí otra libreta de notas. Esa tampoco era libreta, era cuaderno. Mi primer cuaderno de notas. Recuerdo que en ese cuaderno —que ha de estar ahí, no sé donde, pero ha de estar ahí— archivo a Roland Barthes, a Lichtenberg y a Milán Kundera. Por alguna razón que tampoco recuerdo, no he transcrito el material de un cuaderno a otro. Tampoco he transcrito lo que subrayo de lecturas para las que no tengo el libro, copias fotostáticas que también amontono por si se ofrece. Ahora mismo me lamento un tanto más: por un tiempo tuve la mala costumbre de subrayar libros. Fue una práctica nociva que era proclive al desorden. Tendría que confrontar los libros de mi biblioteca con los autores que engordan mi libreta de notas; los que no estén, y encima sospeche que deban estar, seguramente los habré subrayado. Acabo de recordar otra: antes de esta carpeta, antes de mi primera libreta, antes del cuaderno de notas donde está Barthes, registraba en mi celular los fragmentos a coleccionar; poco a poco, dentro de un mensaje sms guardado en borradores, tecleaba el enunciado completo. Una tarde el celular se apagó, y hoy, dos años después, no ha querido encenderse de nuevo. No recuerdo quiénes se apagaron con él también. El celular se encuentra en una bolsa de artículos varios que no me resuelvo a tirar. Casualmente, la bolsa está encima de otra caja, la caja de viejos cuadernos de la universidad, que, quizá también, algún día me servirán.)
Las frases que he escogido para jamás olvidarlas las he anotado en mi carpeta. Las conservo por si algún día flaquea mi vocación literaria, abandono los libros y me dedico de una vez por todas a desarrollar una carrera profesional jugando golf. Y aunque por largo tiempo miraba la carpeta con desánimo, de un mes acá ya me corregí, ya le compré hojas nuevas, separadores, la limpié con alcohol, la tengo a la vista, ahí, con unos cuantos pequeños objetos alrededor que no le estorban recordarme que leer me gusta. Sé que he pensado más de lo que he leído. Sé que a este ritmo mi carpeta seguirá incompleta.
V
El pacto con las ideas es la imaginación. Debería decir que es con la escritura, pero por lo menos, al que como yo, una idea maravillosa rara vez detone en algo más que un instante de júbilo, antes preferirá agotar su sabor que digerirla. No obstante, seguramente ellas seguirán en el mismo lugar donde siempre han estado —en mi carpeta, en alguna conversación con Pablo Fernández Christlieb o en Seinfield—, inamovibles, quizá siendo otras en comparación con lo que fueron en un algún momento, esperando (no sé si ellas o yo) a encontrarles algún desenlace. O también, esperando el día que el desenlace que uno ha confabulado acontezca:
1) Es como tomarse una nieve/ Es como una cucharada de Emulsión de Scoth: sin consumación definida aún. El primero, deberá de adherirse a la descripción de un suceso que brille por su ligereza. El segundo deberá ser su opuesto radical.
2) Las estupideces tienen eco: crítica literaria a un texto epidémico, foco de infección física y moral.
3) Peroné W. Pooh: como Thomas Pynchon, pero finlandés.
4) No tienes edad para apreciarme: Sin consumación definida aún. Réplica contundente. Deberá pronunciarse con semblante de hastío en el rostro.